Hasta que un día, ella lo acompañó hasta la parada del 109, ahí en Corrientes y Angel Gallardo. El pibe desapareció, nadie sabe bien que pasó ni por qué se borro. Malas lenguas hay por todos lados, pero esta muchacha, hoy puñado de huesos y pocas ganas, prefiere pensar que algún día va a volver. Ella todavía lo espera, todos los lunes, en el mismo lugar y a la misma hora.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Veintinueve.
Me contó que le hacía temblar desde las pestañas hasta la punta de los pies. Que hacía ricos mates y que podría mirarlo un día entero sin cansarse. Que jugaban a ver quién se reía más fuerte, a ver quién hacía el chiste más malo.
Veintiocho.
Fue lo de siempre, digamos.
Siempre supe que la gente es provisoria, temporal. Pero resulta que no sé si estaba preparada para perderle el rastro. Con tantos mates y tantos puchos de por medio, me dolió perderle el rastro. Pero, con el tiempo, será alguien más que se suma a la lista de quienes pasaron sin pena ni gloria, y así se fueron. No es nada del otro mundo, he pasado dolores peores.
De hecho -me tomo el atrevimiento de tomar algo prestado de un gran escritor-, con tantas personas perdidas, llorar por cosas como esta, sería como faltarle el respeto al dolor. Aunque el muy canalla, más de una vez ha sido el encargado de faltarme el respeto.
Fue lo de siempre, digamos.
Veintisiete.
Nunca entendí cómo podía caber tanto desamor dentro de una misma persona.
Pero, un día vino y me dijo: "Es lo que me parece mejor, dejar que el tiempo pase y acomode las cosas."
Pero, un día vino y me dijo: "Es lo que me parece mejor, dejar que el tiempo pase y acomode las cosas."
Y así, con su puta diplomacia, me rompió el corazón.
lunes, 13 de junio de 2011
Veintiseis.
Después de unas cuántas idas y vueltas, decidieron sentarse a hablar a los piés de la fuente que reina en el centro del parque.
Al principio, discutieron bastante sobre las distintas posturas que cada uno tenía, pero el eje central era el mismo: Eran dos personas con el corazón destrozado, dos que habían sido engañados por el amor. O mejor dicho, dos desengañados.
A decir verdad, hacían linda pareja juntos, pero lo que los unía realmente era esa sensación de haber dejado el corazón por alguna parte, la cual ninguno de los dos recordaba. A ella por momentos, se le piantaba algún que otro lagrimón. El la abrazaba cuando eso pasaba, pero siempre manteniendo una distancia.
Conversaron durante una hora creo. Tuve que irme, asique después no sé que habrá pasado, pero para mí con eso alcanzaba.
Al principio, discutieron bastante sobre las distintas posturas que cada uno tenía, pero el eje central era el mismo: Eran dos personas con el corazón destrozado, dos que habían sido engañados por el amor. O mejor dicho, dos desengañados.
A decir verdad, hacían linda pareja juntos, pero lo que los unía realmente era esa sensación de haber dejado el corazón por alguna parte, la cual ninguno de los dos recordaba. A ella por momentos, se le piantaba algún que otro lagrimón. El la abrazaba cuando eso pasaba, pero siempre manteniendo una distancia.
Conversaron durante una hora creo. Tuve que irme, asique después no sé que habrá pasado, pero para mí con eso alcanzaba.
Veinticinco.
No era feliz. El nudo que tenía en la boca del estómago, apenas que la dejaba respirar. Cuando la encontré en Acoyte y Rivadavia, no sabía por dónde empezar para poder serle útil. Y así fue: No le fui útil en lo más mínimo. Lo único que me comentó fue acerca de un viaje que tenía en mente, pero para más adelante, según decía.
Parece que "más adelante" llegó bastante rápido. No volví a verla nunca más.
Parece que "más adelante" llegó bastante rápido. No volví a verla nunca más.
Veinticuatro.
No vamos a dar el brazo a torcer, aparentemente. Ni vos ni yo estamos dispuestos a ceder ni un centímetro. Seguimos tirando de la soga que, cada minuto que pasa, parece estar más cerca de cortarse. Ni yo voy a cambiar de parecer, ni vos vas a reconocerme nada. Y así seguimos. Pasan los minutos, las horas y, hasta me animaría a decir, los días. Parece que esta espera va a ser larga. Apuesto a que nisiquiera se te cruza por la mente comunicarte conmigo, mientras yo no paro de pensar en el momento en que te dignes a hacerlo. Pero no vamos a dar el brazo a torcer, aparentemente.
Veintitres.
Y el mocoso me miraba desde su medio metro de altura. Me miraba a los ojos, fijamente, mientras hacía unos cuántos ruidos extraños que -creo yo- simulaban ser algunas palabras inentendibles. No paraba de mirarme, no paraba de intentar decirme algo. Él intentaba, pero yo no pude entender.
Al instante vino el colectivo. Terminé de pagar, el colectivo arrancó y no lo ví nunca más.
Es el día de hoy que sigo pensando qué me habrá querido decir...
Al instante vino el colectivo. Terminé de pagar, el colectivo arrancó y no lo ví nunca más.
Es el día de hoy que sigo pensando qué me habrá querido decir...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)