lunes, 13 de junio de 2011

Veintitres.

Y el mocoso me miraba desde su medio metro de altura. Me miraba a los ojos, fijamente, mientras hacía unos cuántos ruidos extraños que -creo yo- simulaban ser algunas palabras inentendibles. No paraba de mirarme, no paraba de intentar decirme algo. Él intentaba, pero yo no pude entender.

Al instante vino el colectivo. Terminé de pagar, el colectivo arrancó y no lo ví nunca más.
Es el día de hoy que sigo pensando qué me habrá querido decir...

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