miércoles, 12 de marzo de 2014

Treinta y uno.

La segunda noche que se quedó a dormir en el departamento, se despertó en medio de la noche. Se desveló. Daba vueltas y vueltas, y no podía conciliar el sueño. Y en el intento de ir en busca de un libro, abrió el placard y se encontró con el atado de cigarrillos vacío que ella le regaló una vez, así como con una servilleta en dónde ella le escribió su facebook la cuarta noche que hablaron en el bar.

Vino corriendo a contármelo.
Y juntas nos dimos cuenta que el flaco no la iba a dejar ir tan facilmente. Y que, a fin de cuentas, no la iba a olvidar nunca más.

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