A ella le encantaba ponerlo nervioso. Él se comportaba como una criatura, se ponía colorado y no sabía que contestar. Tartamudeaba, le transpiraban las manos y fumaba como si no hubiera un mañana. Y ella se divertía con eso.
- ¿Algún día nos sentaremos a hablar de todo lo innombrable?
- No se, es como que ya no pienso más. No tiene sentido nada de lo que digamos, es en vano. Los dos lo sabemos. Entonces prefiero hacerte caso a lo que dijiste aquella vez, y que sea como sea y que dure lo que tenga que durar.
- Ah, mirá que bien. Bueno, algún día te voy a sentar en una silla y te voy a ametrallar a preguntas. No sé cuando, pero que lo voy a hacer, lo voy a hacer.
- No nos pongamos serios, es muy temprano y tengo sueño.
- No me quiero llevar ciertas dudas a la tumba.
- Si vos me preguntás alguna vez, yo haré lo mismo.
- Está bien, será mutuo entonces.
- No estoy del todo seguro si será bueno o malo, o si estará bien o mal... Pero nunca hicimos nada bien, asi que todo puede ser.
- Por eso te digo: Con vos es ensayo y error. Más error que ensayo, me animaría a decir.
- Desde el día en que nos fuimos juntos del bar, y terminamos hablando toda la noche a los pies de un edificio, hace como dos años atrás, que empezaron nuestros errores. Aunque hay que admitir que tuvimos momentos muy lindos... Todo no se puede. Mirá cómo te tiro la historia, me acuerdo de todo.
- No te podés acordar de todo. Me vas a matar un día de estos. ¿Ves? Esto va a ser una cosa que algún día me vas a tener que contestar.
- ¿Qué cosa?
- ¿Te acordás todo de todas tus chicas? Si o no. Nada de excusas.
- La respuesta es ni. Tengo buena memoria, pero digamos que me acuerdo más cuando es alguien importante para mi, o es algo que esperaba mucho. Por ejemplo, me acuerdo que tenías una camperita con capucha gris, con la que te tapabas cada vez que te ponías mal y no querías que te abrazara, estábamos frente a la parada de los bondis, sentados en el escalón de un negocio... No me acuerdo cosas así de toda mi vida, se entiende?
- Sí. Bueno, las preguntas siguen, pero me asusta que sepas todo, asi que mejor me callo. No sé...
- Qué cosa no sabes?
- Te haría un interrogatorio interminable pero... Y si me das todas respuestas como esas y yo soy la que se queda sin preguntas? Entonces no sé qué hacer.
- No, ya fue, dale. ¿Para qué preguntar tanto? ¿Querés saber si me acuerdo otras cosas?
- No. Quiero que me expliques porqué te acordas tantas cosas que tienen que ver conmigo.
- No me hagas responder. Estamos entrando en un lugar complicado y no tiene motivo.
- ¿Por qué complicado? Pensá que, de última, tengo terapia en una hora. Asi que, cualquier cosa que desarregle o desarregles, podré arreglarla en el consultorio de mi terapeuta.
- Porque sí. No estoy cómodo. ¿Lo podemos dejar acá?
- ¿No me contestás porque no estás cómodo? ¿Ese es tu motivo?
- Ya te dije que me acuerdo muchas cosas, pero de las personas importantes más. Y te describo un instante de hace dos años como si fuera ayer. ¿No es obvia la respuesta a tu pregunta?
- No. Pero bueno, no estás cómodo, salgamos de acá.
- Sos importante para mí. Ya sé que fueron meses de ir y venir, después un mes bien, un mes mal... Pero de una u otra forma me gusta. Sino no estaríamos hablando ahora, ¿no? En muy poco tiempo, me pasaron cosas grosas con vos. Estuve con mujeres más tiempo garchando, y no me acuerdo tantas cosas... Ya sé que estás contenta por las respuestas que te estoy dando, por lo que te digo. No entiendo porqué. Pero no me siento cómodo, ya sabés como soy.
- Algún día vos y yo nos vamos a sentar a charlar con más tiempo. Va a haber cosas que me van a gustar y cosas que no, al igual que te pasará a vos. Pero lo creo necesario.
- No me gusta hablar de lo que me pasa o pasó. Prefiero cagarme a piñas. Sabés que soy un cavernario, ¿por qué me hacés esto?
- Porque te conozco y sé que puedo hacer que me hables.
- No sé para qué querés hablar, con qué objeto? Si nada va a cambiar.
- ¿Estás dolido?
- No, no sé, qué se yo. ¿Podemos salir de acá? La puta madre...
- Está bien. Pero vos y yo algún día vamos a hacer tres litros de mate, vamos a llenar varios ceniceros y vamos a hablar. Te quiero.
- Yo también.
A partir de ese día, no lo puso nervioso nunca más. Se dio cuenta que él se ponía nervioso, pero también entendió que ella le rompió el corazón. Y ahí entendió: Él no estaba nervioso, tenía el corazón roto. Nada más ni nada menos. Ella debía cargar con ese peso. Ahora la nerviosa era ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario