Seguía sin hablar, y eso era por demás preocupante. Había pasado horas sin hablar y ahora no emitía nisiquiera el sonido de su respiración. Y como no me destaco por ser muy amiga del silencio, fui al grano y le pregunté que era lo que le pasaba.
Y ahí empezó a hablar, a duras penas, pero empezó a hablar. Me contó de su madre, de ella y de la relación entre ambas. Me contó lo que la madre le obligaba a hacer, consecuencia de la falta de dinero y de la necesidad.
Pero, entre lágrimas que se escapaban de manera muy rebelde y suspiros bastante fuertes, terminó diciéndome: "Con el tiempo me acostumbré, porque todo en la vida es cuestión de costumbre"
domingo, 15 de agosto de 2010
Doce
La noche estaba completamente oscura, no había ni un solo rastro de luz a lo largo de toda la habitación. Hacía frío, mucho frío, el mes de julio siempre se destacó por eso.
No sé que hacía yo despierta a esa hora, seguro habría tenido alguna de las pesadillas que muy de vez en cuando me visitan. El punto era que estaba despierta observando cada punto de la habitación: La mesa de luz, el velador, el ventilador, la puerta cerrada, la ventana contra la cual el viento golpeaba de la manera más fuerte que podía. Y ahí lo vi, estaba acostado al lado mío, durmiendo como su fuese un niño, totalmente desprotejido y sin una gota de maldad en su interior. Y comencé a imaginármelo en el trabajo, en la facultad, caminando por las calles de Buenos Aires, haciendo el mismo recorrido que hace siempre: Se toma el 166, se baja en la parada y camina por Santa Fe hasta llegar al departamento. Y seguí imaginándomelo en diferentes situaciones, siempre tan inocente, tan puro.
Hasta que abrió los ojos y me miró. Si bien no había ni un poco de luz en toda la habitación, pude darme cuenta de que me estaba mirando, sé que su mirada tiene una luz especial. Me doy cuenta cuándo me mira y de la forma en la que me mira, puedo sentirlo.
Y mientras yo sabía que él me miraba y yo, sin saberlo, lo miraba, fue cuando me enamoré profundamente.
No sé que hacía yo despierta a esa hora, seguro habría tenido alguna de las pesadillas que muy de vez en cuando me visitan. El punto era que estaba despierta observando cada punto de la habitación: La mesa de luz, el velador, el ventilador, la puerta cerrada, la ventana contra la cual el viento golpeaba de la manera más fuerte que podía. Y ahí lo vi, estaba acostado al lado mío, durmiendo como su fuese un niño, totalmente desprotejido y sin una gota de maldad en su interior. Y comencé a imaginármelo en el trabajo, en la facultad, caminando por las calles de Buenos Aires, haciendo el mismo recorrido que hace siempre: Se toma el 166, se baja en la parada y camina por Santa Fe hasta llegar al departamento. Y seguí imaginándomelo en diferentes situaciones, siempre tan inocente, tan puro.
Hasta que abrió los ojos y me miró. Si bien no había ni un poco de luz en toda la habitación, pude darme cuenta de que me estaba mirando, sé que su mirada tiene una luz especial. Me doy cuenta cuándo me mira y de la forma en la que me mira, puedo sentirlo.
Y mientras yo sabía que él me miraba y yo, sin saberlo, lo miraba, fue cuando me enamoré profundamente.
Once
¿Cómo me di cuenta de eso? Durante una discusión.
Recuerdo, de manera casi exacta, la manera en la que se dieron las cosas. Una noche hicimos una reunión de equipo en un bar de Recoleta, sobre la calle Ayacucho. Como de costumbre, llegué tarde consecuencia de los medios de transporte públicos que tan a mal traer me tienen. El lugar estaba bastante bien ubicado, muy lindo, muy iluminado, pero bastante concheto para mí gusto. Pasaban música electrónica, de esa que después de un rato de escucharla, te parte la cabeza en mil pedacitos.
Pero eso no importaba, lo importante era la reunión que estaba a punto de realizarse. Llegamos e hicimos uso de la reserva que había hecho una de las integrantes: Una mesa bastante amplia, dado que eramos unas diez personas. Durante la cena, hablamos del tema puntual que era el próximo proyecto, las nuevas tapas, las notas y cosas varias.
A ella la escuché varias veces decir la palabra "Puto" a lo largo de la noche, y en cuánto nos pusimos a hablar de temas personales le dije "Callate, si de todos los que estamos sentados acá, la más puta sos vos". Y ahí se calló, no dijo ni una palabra más durante un lapso que, creo, duró aproximadamente quince minutos. Acto seguido, buscó su atado de cigarrillos y salió rumbo a la puerta.
Al ser yo también fumadora, la acompañé. Y ahí fue cuando me di cuenta de todo.
Recuerdo, de manera casi exacta, la manera en la que se dieron las cosas. Una noche hicimos una reunión de equipo en un bar de Recoleta, sobre la calle Ayacucho. Como de costumbre, llegué tarde consecuencia de los medios de transporte públicos que tan a mal traer me tienen. El lugar estaba bastante bien ubicado, muy lindo, muy iluminado, pero bastante concheto para mí gusto. Pasaban música electrónica, de esa que después de un rato de escucharla, te parte la cabeza en mil pedacitos.
Pero eso no importaba, lo importante era la reunión que estaba a punto de realizarse. Llegamos e hicimos uso de la reserva que había hecho una de las integrantes: Una mesa bastante amplia, dado que eramos unas diez personas. Durante la cena, hablamos del tema puntual que era el próximo proyecto, las nuevas tapas, las notas y cosas varias.
A ella la escuché varias veces decir la palabra "Puto" a lo largo de la noche, y en cuánto nos pusimos a hablar de temas personales le dije "Callate, si de todos los que estamos sentados acá, la más puta sos vos". Y ahí se calló, no dijo ni una palabra más durante un lapso que, creo, duró aproximadamente quince minutos. Acto seguido, buscó su atado de cigarrillos y salió rumbo a la puerta.
Al ser yo también fumadora, la acompañé. Y ahí fue cuando me di cuenta de todo.
Diez.
Últimamente estuve pensando mucho acerca del recuerdo. Quizás porque tengo muchos recuerdos, lindos, feos, pero son muchos. Y gracias a esos recuerdos es que hoy puedo mirar para atrás y conseguir rearmar mi historia como ciudadana, como persona.
Ahora me pregunto: ¿Sería posible tener una historia sin recuerdos? ¿Sería posible evitar errores ya cometidos, si no contáramos con esos recuerdos que, en más de una ocasión, funcionan como alertas? ¿Qué sería del ser humano si no recordara? ¿Cómo se haría para vivir cada día un día nuevo, sin antecedente alguno?
Quizás desaparecería la rutina, por el hecho de que no recordaríamos que tal o cual cosa ya la habíamos realizado días anteriores. Quizás desaparecerían los aniversarios, porque no recordaríamos que, justamente, ese día festejábamos algo. Quizás desaparecerían las cosas que alguna vez tanto nos marcaron y tanto nos dolieron, y podríamos vivir una vida sin ataduras, una vida un poco más plena.
Pero a su vez, también quizás desaparecerían los buenos recuerdos. Esos recuerdos de la niñez, esos recuerdos que evitan que cometamos los errores ya cometidos alguna vez. Quizás desaparecerían esas luchas permanentes para poder conseguir algo, consecuencia de no recordar qué era por lo que estábamos luchando.
Creo que, poniendo todo en una balanza, el recuerdo es una de las mejores cosas que tiene el ser humano. Esa capacidad de poder "Recordar" es la que pone en funcionamiento la memoria. Y sin memoria no hay historia. Entonces, mi pensamiento inductivo me lleva a pensar que: Sin recuerdo no hay memoria, y sin memoria no hay historia.
Puede ser que en la vida, nos crucemos con mucha gente que no tenga memoria, con mucha gente que no recuerde que hizo tal o cual cosa, y vuelva a realizarla, consecuencia de que, para el ser humano, si algo no está en su memoria, es porque realmente no existió.
Hoy en día, la memoria está bastante devaluada. Creo que es hora de darle un giro a todo esto y comenzar a recordar, comenzar a rearmar la historia de cada uno de nosotros.
Es por eso que, a lo largo de este blog, plasmo todos los recuerdos que me encuentro por ahí. Algunos recuerdos son pura y exclusivamente míos, otros son recuerdos de otros que me recuerdan a mí, y otros son recuerdos pura y exclusivamente ajenos.
Quiero poder armar en mí una historia casi mundial. Y todo, todo esto, con la ayuda de los recuerdos.
Ahora me pregunto: ¿Sería posible tener una historia sin recuerdos? ¿Sería posible evitar errores ya cometidos, si no contáramos con esos recuerdos que, en más de una ocasión, funcionan como alertas? ¿Qué sería del ser humano si no recordara? ¿Cómo se haría para vivir cada día un día nuevo, sin antecedente alguno?
Quizás desaparecería la rutina, por el hecho de que no recordaríamos que tal o cual cosa ya la habíamos realizado días anteriores. Quizás desaparecerían los aniversarios, porque no recordaríamos que, justamente, ese día festejábamos algo. Quizás desaparecerían las cosas que alguna vez tanto nos marcaron y tanto nos dolieron, y podríamos vivir una vida sin ataduras, una vida un poco más plena.
Pero a su vez, también quizás desaparecerían los buenos recuerdos. Esos recuerdos de la niñez, esos recuerdos que evitan que cometamos los errores ya cometidos alguna vez. Quizás desaparecerían esas luchas permanentes para poder conseguir algo, consecuencia de no recordar qué era por lo que estábamos luchando.
Creo que, poniendo todo en una balanza, el recuerdo es una de las mejores cosas que tiene el ser humano. Esa capacidad de poder "Recordar" es la que pone en funcionamiento la memoria. Y sin memoria no hay historia. Entonces, mi pensamiento inductivo me lleva a pensar que: Sin recuerdo no hay memoria, y sin memoria no hay historia.
Puede ser que en la vida, nos crucemos con mucha gente que no tenga memoria, con mucha gente que no recuerde que hizo tal o cual cosa, y vuelva a realizarla, consecuencia de que, para el ser humano, si algo no está en su memoria, es porque realmente no existió.
Hoy en día, la memoria está bastante devaluada. Creo que es hora de darle un giro a todo esto y comenzar a recordar, comenzar a rearmar la historia de cada uno de nosotros.
Es por eso que, a lo largo de este blog, plasmo todos los recuerdos que me encuentro por ahí. Algunos recuerdos son pura y exclusivamente míos, otros son recuerdos de otros que me recuerdan a mí, y otros son recuerdos pura y exclusivamente ajenos.
Quiero poder armar en mí una historia casi mundial. Y todo, todo esto, con la ayuda de los recuerdos.
viernes, 23 de julio de 2010
Ocho.
Otra de las que yo denomino "Patologías del alma" es el vacío. Podés estar rodeada de gente, podés estar metida en el tumulto más grande del mundo, pero sentís un hueco adentro. Ese hueco a veces se confunde con la culpa, o con el dolor, pero no es más que el vacío. Es como una falta que parece imposible llenar porque, de hecho y aunque lo intentes, no se llena con nada: Ni con música, ni con gente, ni con plata, ni con cosas. Simplemente no se llena, y se va agrandando con el pasar del tiempo si no encontrás esa parte justa que simula poder llenar ese hueco.
Igual llegué a una -horrible- conclusión: Durante el tiempo que estés buscando la manera justa de llenar el hueco o de solucionar el problema del vacío, es el punto justo en el cual se tocan el vacío con los dolores del alma.
Lo difícil de todo esto, es superar esos lapsos.
Igual llegué a una -horrible- conclusión: Durante el tiempo que estés buscando la manera justa de llenar el hueco o de solucionar el problema del vacío, es el punto justo en el cual se tocan el vacío con los dolores del alma.
Lo difícil de todo esto, es superar esos lapsos.
miércoles, 7 de julio de 2010
Siete.
"Vos no sabés cómo nos divertíamos", me dijo. "Al saber que las bombas inglesas caían cada tres segundos el juego consistía en: "Uno, dos, tres... Seguimos vivos". Y el pozo se llenaba de un silencio similar al de un cementerio, hasta que cayera la nueva bomba y volviéramos a contar..."
lunes, 5 de julio de 2010
Seis.
Me contó cómo la habían secuestrado y la horrible forma en la cual la llevaron al centro de detención. Me contó lo larguísimas que le parecieron esas horas en las cuales estuvo cautiva. Me contó la cantidad de veces y la forma en la que la violaron, mientras ella rezaba o cantaba canciones. Me contó de las quemaduras de cigarrillo que le hicieron en el cuerpo. Me dijo, también, que esas marcas no se le iban a ir nunca más.
Y ahí me di cuenta que hay cosas que duelen muchísimo más.
Y ahí me di cuenta que hay cosas que duelen muchísimo más.
Cinco.
Lo peor de cuando sentís esos dolores en alma, esas especies de puntadas al corazón, no podés reaccionar, no podés hacer nada. Porque, a cada paso que das, a cada momento en el cual se te estruja el corazón, se te van las ganas de seguir. Se te van las ganas de seguir sonriendo, las ganas de seguir luchando, las ganas de seguir adelante con todo lo que alguna vez te propusiste.
Cuatro.
Quedarse con el "Que hubiera sido si..." es una de las peores cosas que pueden pasar. Por el simple hecho de que esa simple frase, esa simple ilusión, te abre las puertas a un sin fin de posibilidades, pero ninguna concreta. Nada certero, nada puntual. Solo las mil y un conclusiones de "Que hubiera pasado si..."
Tres.
Se siente como un nudo en el estómago, tan pero tan fuerte que te hace doler hasta el alma. No sé bien dónde queda el alma, ni si el alma duele, pero es tan profundo el nudo que siento que se me estruja el alma. Este nudo se situa justo entre la boca del estómago y el corazón, como si fuese un huracán constante.
Consecuencia de eso, las palabras no salen: Ni lindas, ni feas, ni dulces, ni agresivas. Simplemente no salen. Tampoco las expresiones faciales, ni corporales. Estás como dura en el medio de la nada, estás como un ser inerte mientras la vida se te pasa.
Honestamente no me imaginaba que amar podía doler tanto, tanto, tanto.
Consecuencia de eso, las palabras no salen: Ni lindas, ni feas, ni dulces, ni agresivas. Simplemente no salen. Tampoco las expresiones faciales, ni corporales. Estás como dura en el medio de la nada, estás como un ser inerte mientras la vida se te pasa.
Honestamente no me imaginaba que amar podía doler tanto, tanto, tanto.
domingo, 4 de julio de 2010
Dos.
"No todo es fácil", me dijo. Al instante intentó esconder, tapando con sus manos, su cara, pero no pudo: Pude ver bien clarito como se le caía una lágrima. También intentó seguir hablando pero tampoco pudo, tenía un nudo en la garganta de un tamaño lo suficientemente grande como para que le impidiera emitir cualquier tipo de sonido.
Al no poder hacer nada, se paró y se fue: Me dejó llena de preguntas, de dudas. Evidentemente nada estaba siendo lo suficientemente fácil para ninguno de los dos.
Al no poder hacer nada, se paró y se fue: Me dejó llena de preguntas, de dudas. Evidentemente nada estaba siendo lo suficientemente fácil para ninguno de los dos.
sábado, 3 de julio de 2010
Uno.
Ella siempre usaba la palabra "Puto". Como adjetivo, como sustantivo, la decía a los gritos, la decía por lo bajo, pero siempre la tenía presente. Pero "Puta", no. "Puta" era una palabra que iba mucho más allá que un sustantivo o un adjetivo.
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