Seguía sin hablar, y eso era por demás preocupante. Había pasado horas sin hablar y ahora no emitía nisiquiera el sonido de su respiración. Y como no me destaco por ser muy amiga del silencio, fui al grano y le pregunté que era lo que le pasaba.
Y ahí empezó a hablar, a duras penas, pero empezó a hablar. Me contó de su madre, de ella y de la relación entre ambas. Me contó lo que la madre le obligaba a hacer, consecuencia de la falta de dinero y de la necesidad.
Pero, entre lágrimas que se escapaban de manera muy rebelde y suspiros bastante fuertes, terminó diciéndome: "Con el tiempo me acostumbré, porque todo en la vida es cuestión de costumbre"
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