domingo, 15 de agosto de 2010

Doce

La noche estaba completamente oscura, no había ni un solo rastro de luz a lo largo de toda la habitación. Hacía frío, mucho frío, el mes de julio siempre se destacó por eso.

No sé que hacía yo despierta a esa hora, seguro habría tenido alguna de las pesadillas que muy de vez en cuando me visitan. El punto era que estaba despierta observando cada punto de la habitación: La mesa de luz, el velador, el ventilador, la puerta cerrada, la ventana contra la cual el viento golpeaba de la manera más fuerte que podía. Y ahí lo vi, estaba acostado al lado mío, durmiendo como su fuese un niño, totalmente desprotejido y sin una gota de maldad en su interior. Y comencé a imaginármelo en el trabajo, en la facultad, caminando por las calles de Buenos Aires, haciendo el mismo recorrido que hace siempre: Se toma el 166, se baja en la parada y camina por Santa Fe hasta llegar al departamento. Y seguí imaginándomelo en diferentes situaciones, siempre tan inocente, tan puro.

Hasta que abrió los ojos y me miró. Si bien no había ni un poco de luz en toda la habitación, pude darme cuenta de que me estaba mirando, sé que su mirada tiene una luz especial. Me doy cuenta cuándo me mira y de la forma en la que me mira, puedo sentirlo.

Y mientras yo sabía que él me miraba y yo, sin saberlo, lo miraba, fue cuando me enamoré profundamente.

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