lunes, 13 de junio de 2011

Veintiseis.

Después de unas cuántas idas y vueltas, decidieron sentarse a hablar a los piés de la fuente que reina en el centro del parque.

Al principio, discutieron bastante sobre las distintas posturas que cada uno tenía, pero el eje central era el mismo: Eran dos personas con el corazón destrozado, dos que habían sido engañados por el amor. O mejor dicho, dos desengañados.

A decir verdad, hacían linda pareja juntos, pero lo que los unía realmente era esa sensación de haber dejado el corazón por alguna parte, la cual ninguno de los dos recordaba. A ella por momentos, se le piantaba algún que otro lagrimón. El la abrazaba cuando eso pasaba, pero siempre manteniendo una distancia.

Conversaron durante una hora creo. Tuve que irme, asique después no sé que habrá pasado, pero para mí con eso alcanzaba.

Veinticinco.

No era feliz. El nudo que tenía en la boca del estómago, apenas que la dejaba respirar. Cuando la encontré en Acoyte y Rivadavia, no sabía por dónde empezar para poder serle útil. Y así fue: No le fui útil en lo más mínimo. Lo único que me comentó fue acerca de un viaje que tenía en mente, pero para más adelante, según decía.

Parece que "más adelante" llegó bastante rápido. No volví a verla nunca más.

Veinticuatro.

No vamos a dar el brazo a torcer, aparentemente. Ni vos ni yo estamos dispuestos a ceder ni un centímetro. Seguimos tirando de la soga que, cada minuto que pasa, parece estar más cerca de cortarse. Ni yo voy a cambiar de parecer, ni vos vas a reconocerme nada. Y así seguimos. Pasan los minutos, las horas y, hasta me animaría a decir, los días. Parece que esta espera va a ser larga. Apuesto a que nisiquiera se te cruza por la mente comunicarte conmigo, mientras yo no paro de pensar en el momento en que te dignes a hacerlo. Pero no vamos a dar el brazo a torcer, aparentemente.

Veintitres.

Y el mocoso me miraba desde su medio metro de altura. Me miraba a los ojos, fijamente, mientras hacía unos cuántos ruidos extraños que -creo yo- simulaban ser algunas palabras inentendibles. No paraba de mirarme, no paraba de intentar decirme algo. Él intentaba, pero yo no pude entender.

Al instante vino el colectivo. Terminé de pagar, el colectivo arrancó y no lo ví nunca más.
Es el día de hoy que sigo pensando qué me habrá querido decir...